Casualidades laborales.

Es martes por la tarde. Estás en la oficina.

Te has pasado dos jornadas laborales completas adelantando cosas y largando marrones porque los miércoles suele llegar doble carga de trabajo e intuyes que mañana será de los fuertes.

Te llama tu jefe. Su voz te lleva a intuir que te pedirá algo que no te va a gustar.

Quieren que mañana, ese miércoles en que prevés que va a entrar de todo y nada bueno, te vayas a otra ciudad a una hora de aquí para comprobar el estado de una mercancía. El caso es que no irás sola. El cliente final quiere acompañarte.

Habitualmente hay otra persona que hace estas cosas, pero ya tiene otro viaje programado para mañana, así que te lo piden a ti, como último recurso.

Dejas claro que intuyes que mañana será un día muy fuerte en la oficina, pero te garantizan que asumirán tu carga de trabajo.

No suena tan mal.

Mañana a primera hora, dos calles más abajo, te recogerá el cliente en su coche. Te dicen modelo y color del vehículo y también el nombre del conductor.

Ya el miércoles, mientras esperas a que el cliente te recoja donde habéis quedado, temes que el día resulte ser del todo incómodo: en total, entre ida y vuelta, serán dos horas atrapadas en un espacio cerrado con un tío al que no conoces. No sabes si le gustará el reguetón o si será el típico tío callado por timidez, con quien los silencios incómodos están asegurados. Imaginas que el viaje se puede convertir en una conversación de ascensor eterna y te acuerdas de tu jefe y del momento en que puso voz de pedir un favorazo. ¡Y tanto que lo es!

Efectivamente, llega el coche, saludas amable y efusiva y recibes a cambio un “hola” serio y seco. ¡Esto puede llegar a ser peor de lo que habías imaginado!

Él sigue serio. Te comenta que tiene que pasarse por un lugar a entregar algo y te comenta por dónde piensa ir. Tú, en tu línea de seguir siendo amable, aunque ahora ya no sabes muy bien por qué, le ofreces una alternativa que consideras más rápida. Te arrepientes en cuanto la estás contando, porque crees que no va a reconocer que una tía ha tenido una idea mejor que la suya, pero te sorprende diciendo que cree que es una buena idea, te regala su primera sonrisa y sigue la ruta que has propuesto. ¡Bien!

Después de la entrega y ya en ruta, descubres que no solo tiene muy buen gusto musical, sino que además, te da mil vueltas. Es genial. Habláis de las últimas noticias de la semana, de los eventos culturales del momento en la ciudad, intercambiáis opiniones… y la hora de viaje se te pasa volando. Comprobáis el material en destino, todo está OK y en el mismo almacén os invitan a conocer algunos productos más que pueden interesaros. Aceptáis la invitación y, mientras vais de una nave a otra para ver todo lo que os queda, seguís hablando, ahora ya de vosotros, de dónde habéis crecido, de cómo de feliz fue vuestra infancia… Cuando termináis de ver todo lo que teníais pendiente, ya es bastante tarde. Para tus adentros, piensas que hay dos opciones: salir volando para comer muy tarde en casa o quedaros por allí y comer antes de volver. No dices nada. Quieres saber qué propone él.

Cuando él te dice que conoce un sitio por allí cerca que está muy bien para comer, entiendes que le has caído bien. Te pregunta si tú puedes quedarte a comer o si tienes que volver ya. El buen rollo es mutuo y te encanta la idea de compartir la comida con un tío tan interesante. Efectivamente, el restaurante está muy bien, la comida, deliciosa y la conversación es cada vez más animada.

Durante el viaje de vuelta ya bromeáis y reís sin parar. En algún momento, has querido dejar claro que no tienes pareja. En algún otro momento justo posterior, él te ha devuelto la aclaración.

Ambos teníais el teléfono del otro, que os habían facilitado en la oficina, para que pudierais quedar para el viaje. Además, está pendiente pasar los informes por mail… intuyes que volveréis a veros más pronto que tarde.

Esa misma noche, emiten un programa del que habéis hablado durante el día. Llega su primer Whatsapp comentando algo de la emisión… cuando os despedís “hasta mañana” ya habéis cerrado una cita para el fin de semana.

Ahora, elige tu propia aventura:

Después de haberos conocido, podéis congeniar y compatibilizar en el amor eterno

Después de haberos conocido, podéis congeniar porque ninguno de los dos quiere un compromiso, pero sí una relación esporádica

Después de haberos conocido, ambos os vais a casa con una sonrisa

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