Las cosas como pareja son diferentes. De repente, no reconoces a “ese tío” que se despierta a tu lado.

Empezasteis a quedar más a menudo… de hecho, cada vez ves menos a tus amigas y él a los suyos… Das por hecho que es algo temporal: el enganche normal al principio, cuando todo es pasión… Pasa un mes, dos… y os vais conociendo un poco más. Vais adaptando vuestros ritmos para encajar amigos, actividades y citas… y al final un día la historia explota.

El desgaste ha podido contigo… y además descubres que él tampoco aguanta más.

Cuando vas a su casa, la lista de exigencias es infinita y tú te esfuerzas en respetarla… Sin embargo, hay solo dos cosas que necesitas que él tenga en cuenta y nunca están cuando regresas a casa después de que él haya pasado por tu piso: Cama hecha (él se levanta mucho más tarde que tú y sale a trabajar cuando tú ya no estás en casa, por eso es él y no tú quien debe hacerla) y que después de la ducha elimine la condensación del baño para evitar humedades nocivas.

No se trata de caprichos absurdos. Son solo dos cosas. Son sencillas de recordar. No es complicado llevarlas a cabo. Si se tratara de su piso y tú no fueras capaz de recordarlas, las anotarías, con tal de tener una convivencia feliz… En cambio, cuando le haces ver que te molestan estas cosas, él se pone a la defensiva y, lo que es peor, trata de hacerte ver que exiges demasiado.

No caerás en el juego de dejar de respetar sus normas en su casa porque sabes cómo acabaría todo: en una discusión aún peor que la que estáis teniendo ahora mismo.

Caes en la cuenta de que hace tiempo que no pronuncias aquella palabra mágica que os hacía reír tanto entre amigas… Amigas… echas de menos a tus ELLAS… ¿Cómo era aquello que os hacía tanta gracia? ¡Ah, sí! #quénecesidá

Pues eso, que de repente, en mitad de todo este lío de normas y “dijiste”, te encuentras a ti misma echando de menos a tus ELLAS y recordando que, cuando eras feliz a tu aire, te prometiste a ti misma preguntarte esto cuando sintieras que las cosas no fluían. Así que cumples tu promesa y te dices las palabras mágicas: “¿Qué necesidad tienes de estar aquí aguantando al petardo éste que es incapaz de respetar tres tristes normas básicas de tu hogar?”… Sabes que él te está diciendo algo que seguramente a él le parecerá importantísimo… de repente te das cuenta de que en tu interior has encontrado la serenidad, la paz… estás en tu casa, pero te da igual. Le miras. Sonríes. Pillas tu chaqueta, tu bolso, tu móvil, whatsappeas al grupo de ELLAS. Están en casa de S. Allá vas… “Llévate todas tus cosas” le dices a ÉL “cuando vuelva no quiero encontrar nada tuyo… creo que en tu casa no había nada mío y si lo hay, puedes regalarlo a la beneficencia”. Se queda a cuadros.

¡Das la bienvenida otra vez a la vida a tu aire!

Sientes que te has quitado un peso de encima. Las cosas habían llegado a un punto en que no fluían… y nunca iban a llegar a fluír. Cuando te encuentras discutiendo acerca de quién debe cerrar una puerta o hacer una cama es que ambos habéis perdido las ganas de cuidar al otro, de dárselo todo… y, si ya no estás en ese punto, ¿qué valor tiene  el tiempo a su lado?

Te sientes libre. Sabes que has actuado como debías, fiel a ti misma. Sin agotar tus energías. La vida sigue y sientes que algo nuevo, algo mejor te está esperando a la vuelta de la esquina. Acabas de hacerle sitio.

Ahora puedes volver a ser FELIZ…

Ahora puedes empezar una nueva historia… o no.

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