En el whatsappeo os dais cuenta de que el otro no era tan molón como pareció durante la cena

La mañana que sigue a la cena en la que os conocisteis empieza justo en el momento en que enciendes el móvil… ¿estaba esperando a que tu estado de whatsapp pusiera conectado o es que lo había enviado antes y te salta ahora el mensaje? Ves la hora. Acaba de enviarlo.

Estaba esperando a que te conectaras.

Empezamos mal.

ÉL: Buenos dias, preciosa. ¿Que tal dormiste?

Inmediatamente, te llama la atención que no se fija mucho en escribir con tildes… Bueno, se trata de whatsapp… es coloquial, no?

TÚ: Buenos días. He dormido muy bien, y tú?

ÉL: Bien también.

TÚ: Me alegro.

ÉL: [Está escribiendo un mensaje] [Conectado] [Está escribiendo un mensaje] [Conectado] [Está escribiendo un mensaje] [Conectado]

Vaya, tras tanta espera, ¿no tiene nada más que contar? Escribe y para… parece que quiere saber más de ti, pero no sabe cómo conseguirlo… Dos horas más tarde, parece que se decide por una opción.

ÉL: Anoche me reí muchísimo con las historias que contaste.

Desde luego, sacando temas no ganabas un Nobel, muchacho. Esto da poco juego, es poco ingenioso y encima ¡has tardado dos horas en concluir que ésta era tu mejor baza!

TÚ: Gracias.

Ni te apetece ponérselo fácil.

ÉL: Me gustaría volver a quedar contigo.

“Pues, a este paso, la llevas cruda, chico… ¡tienes pinta de ser más aburrido que la carta de ajuste que ponían en la tele hasta los años 80!” piensas. Pero no quieres ser cruel. Es un buen chico… y encima es amigo de tus amigos… o ya no tan amigos, ¿qué narices les llevó a pensar que las cosas funcionarían entre TÚ y don horchata-en-las-venas? Tendrás que pensar en esto más adelante… ¿habrán entrado ya en el odioso grupo de parejas que se creen que cualquiera te servirá, sólo porque tú estás soltera y eres hetero, y él también? Si es así, debes eliminarlos de tu listado de amigos y pasarlos directamente a tu lista negra. ¿Qué se habrán creído?

TÚ: Sí. Un día de estos buscamos un huequecito para un café.

ÉL: ¿Puedes esta tarde?

TÚ: No. Hoy imposible. La verdad es que tengo la agenda bastante completita. ¿Qué te parece si te aviso yo cuando tenga un hueco?

ÉL: Me parece bien. Hablamos. Un beso.

TÚ: Perfecto. Chao!

Parecía que la prueba estaba superada, pero dos días más tarde te lo encuentras al lado de tu portal… jurarías que había dicho que vivía al otro lado de la ciudad… pero no le das más importancia.

–          ¡Vaya, qué alegre casualidad! – exclama en cuanto te ve.

–          Sí, qué bien… – respondes tú, sin demasiado entusiasmo. Definitivamente, el teatro no es lo tuyo.

–          ¿Qué tal va todo?

–          Bien, ¿y a ti? ¿Qué tal te va?

–          Bien también… – se queda como esperando a que tú pongas en marcha un tema de conversación… ¡pero eso no va a pasar!

–          ¡Bueno, pues me alegro de verte!

–          ¡Oye, que ya que nos hemos encontrado, podríamos aprovechar y tomarnos ahora ese café! – a lo buitre, aprovechando los resquicios.

–          Uy, qué pena… es que no tengo un minuto: me quedan mil recados por hacer y no me dan las horas. Hablamos, ¿vale? – sólo con que te hubiera parecido un poquito normal, te habrías tomado ese café aunque fueras justa de tiempo… pero te da muy mala espina este chico…

–          Ah, vale. ¡Nos vemos!

Ese “nos vemos” te sonó como rarito… muy pronto averiguaste por qué: el encuentro no había sido casual. El hombre no debe de tener mucho que hacer, que se dedica a hacerse el encontradizo durante más de una semana, sin captar el mensaje de “no voy a quedar contigo”. Finalmente un día decides que será mejor hacérselo ver claro. Con la mayor delicadeza le dices que la cena en casa de Rigoberto y Maripuri estuvo muy bien, pero que no te interesa compartir nada más con él, ni siquiera un café.

Se lo tomó fatal. Te llamó estirada, mala persona… Te llamó muchas más cosas que sabes que no son ciertas. Son gajes de la mujer verdadera… No todo el mundo la entiende… los machos beta, cualquiera que sea su tipología, tienden a odiar a las mujeres verdaderas, porque ellos son incapaces de entenderlas. Es normal: “mucho barco para poco motor”, que dicen los marineros… Vamos, que no está hecha la miel para el paladar del asno.

Y así es como llega el fin de esta aventura.

Si quieres investigar otros caminos, puedes volver a empezar tu aventura.

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