Patapollo

Mi mejor amiga lo es desde hace muchos años. Nos conocemos desde que entramos de niñas en el cole, cuando yo tenía 3 años y ella 4 (es que yo soy de fin de año y ella, de enero, así que soy casi un año más joven que ella). En 2001 se estrenó Shrek y nosotras fuimos a verla, con aventura incluida (cortesía de la sala de cine), que hizo que la peli resultara especialmente significativa para nosotras… y ahora esa peli me sirve para deciros que ella es como Fiona, la princesa coprotagonista, que vive en Muy Muy Lejano.

Es verano y se acerca el día en que ella abandonará Muy Muy Lejano para volver a casa. Llegará, quedaremos, nos veremos y empezaremos a gesticular como adolescentes, gritaremos un millón de “tía, tía, tía, jo-tía!” y nos contaremos los cientos de cosas que por teléfono no hemos podido contarnos porque sus últimas llamadas entraban siempre cuando jugaba la Selección Española (nos salió poco sentida, para La Roja) y yo estaba de fiesta con la cara repintá de rojiwalda y celebrándolo por todo lo alto. Súmale que odia las nuevas tecnologías desde que se inventó el móvil (tiene uno, el mismo, desde hace muchos años y siempre se olvida de sacarlo de casa y, si lo lleva, no le presta la más mínima atención), así que no hay opción de Whatsapp, Facebook, Twitter ni nada parecido. No: ni siquiera email. Le pega al Skype, pero sigue requiriendo la simultaneidad del teléfono y nuestros horarios son cada vez más incompatibles.

La cuestión es que ella está a punto de llegar y por eso, en su honor, os hablaré hoy de uno de los primeros términos que inventamos como propios y seguimos empleando con firmeza, convencidas (cada vez más) de que deberíamos darlo a conocer a los señores de la RAE, ya que no existe otro que describa lo que os explicaré a continuación.

Patapollo es un término que nosotras hemos empleado siempre para chicas… pero seguro que conoceréis también a algún hombre patapollo.

Patapollo es, en esencia, esa persona monotemática en sus quehaceres: si está organizando una fiesta, sólo te habla de su fiesta; si le encargan cuidar un ficus, será capaz de relatar el ritmo de crecimiento de sus hojas y cómo les saca brillo con un paño especial… Seguro que os vais haciendo una idea… En el momento que nació el concepto todo el mundo en nuestro entorno estaba en proceso de independizarse, así que los “quehaceres” de repente, se volvieron para todos más domésticos que nunca.

Todos nos hemos independizado o nos independizaremos en algún momento de nuestras vidas y todos hemos tenido dudas (o las tendremos), que hemos ido solventando gracias a la inestimable ayuda de San Google, Don YouTube, nuestras madres y abuelas, tías primas y demás familia o, en último caso, algún colega que te pilla a mano en un momento de apuro. Preguntas, te cuentan una solución posible, la aplicas y te olvidas.

Pero en un aparte a la norma, tenemos a estos seres denominados patapollo, que se han dedicado a contarnos en cada encuentro, con pelos y señales, cómo han logrado eliminar una complicadísima mancha de vino tinto que tenían en la alfombra blanca de pelo de barba de cabra del Himalaya; cómo perfuman el ambiente frotando las bombillas de bajo consumo con colonia (si han llegado a esto, ¡para qué saber más!) cómo consiguen sacar la colada más blanca, gracias al nuevo producto recién lanzado por Mercadona; o cómo les cunden los botes de crema desde que los rajan sin compasión para extraer todo el contenido… pero sobre todo, no olvidaron contar lo delicioso que les quedó el caldo cuando le echaron… sí, amiga, UNA PATA DE POLLO.

A lo mejor estas conversaciones te las han ido colando y tú ni te enteras… pero el día que te descubres con menos de 30 años hablando delante de unas cañas acerca del tipo de pollo que deberías comprar para hacer un buen caldo, decides que tienes que cambiar de amigos. De golpe, se te han puesto “rancios”.

El caso es que aquí hemos contado el inicio del patapollismo. Porque un amigo, una amiga (en nuestro caso) que empieza por aquí acaba resultando absolutamente insoportable. Si con un simple cambio de piso sufre semejante mutación, ¡imaginad la organización de su boda! O, aún peor, ¡su embarazo! No os digo nada de su maternidad porque yo nunca he llegado a soportarlo. He tirado la consola antes de terminar ese vídeo juego. No he completado todas las fases del monstruo. Afortunadamente soy de las que no necesitan terminar absolutamente todo lo que empiezan, sino sólo las cosas que valen la pena.

¿Por qué os cuento esto? Lo primero, porque es un término que en algún momento os resultará de enorme utilidad y lo segundo y principal, para que lo tengáis en cuenta y tratéis de evitar convertiros en esto. Y, por supuesto, os lo cuento porque tendrá que salir en alguna de las aventuras que vivirás cuando recorras todos los links de nuestra historia.

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